|
Vainilla
—¿No te alcanzó con la performance
de anoche para enterarte?— le digo Me doy vuelta, quedo mirando la
pared y el olor dulce de su perfume impregnado en la almohada me fascina.
Cierro los ojos para seguir durmiendo. Ella se queda como está, apoyada en su
lateral, mirándome con la cabeza sobre su mano. Me pega una palmada fuerte en
la espalda que suena como un aplauso. —Dale nabo, en serio— me dice entre
risas. Quiero contestarle con otro chiste
pero no me sale. Al contrario, me pongo serio y me reincorporo. Mientras
busco formas en las griteas del techo le digo —No sé. Me encanta escribir
pero no llamaría a eso un talento porque es algo que tomo como un pasatiempo;
además no me parece que sea bueno, me cuesta mucho crear situaciones. » Entonces me encuentro con que casi
todo lo que escribo se basa en cosas que me pasaron y le sumo otras
mentiras que se me van ocurriendo, pero siempre parten de algo verdadero que la mayoría de las veces
termina siendo triste. Nos quedamos callados por un rato. — ¿Y si escribís sobre esto entonces?—
dice. — ¿Sobre qué? — Sobre lo que está pasando ahora.
Vos y yo acá, hablando a la mañana. Acostados en pelotas. Sobre esto. — ¿Sobre cómo se me ocurre lo que
escribo? ¿O sobre cómo un pobre tipo acaba de descubrir que no tiene talento
para nada?—. Me resulta gracioso, la idea me divierte. Me mira y me hace ese gesto de morderse el labio inferior como diciendo "qué ridiculo". — ¿Te preparo un té?— me pregunta. — Uno de esos con vainilla. Se levanta y desnuda va hasta la
cocina. — ¿Y a todo esto, tu talento cual
es?— le pregunto desde la cama. — No te gustaría saberlo. — Probame—
insisto. Se para, de manera que pueda mirarla
a través del marco de la puerta y mientras con la palma de la mano se señala
desde la cabeza hasta los pies me dice —tener este cuerpito decime si no es
un talento natural. — ¿Me estás jodiendo? ¿Te parece que
eso es algo que no me gustaría saber? Además, es es algo que se nota a simple vista, incluso cuando estás con ropa— le digo entre risas. — No, no era eso en realidad. — ¿Qué era entonces? — Y, fijate:
bancarte a vos desde hace tres meses sin haberte hecho un puto planteo, sin
haberte preguntado nunca ¿en qué pensás? o ¿me querés? o si te importo aunque sea un poquito o
cualquiera de esas cosas típicas de las minitas; sin contar para no
humillarte, que te gano a cualquier juego de play al que te desafíe. Ser la
mujer ideal, ése es mi talento—. Pienso que tiene razón, pero me inquieta. — ¿Y por qué no lo hiciste? ¿Por qué
no me preguntaste nada de eso? — Porque sé como
sos, sé que odiás esas
cosas y yo tampoco lo soporto. — Pero si estamos re bien —le digo
con un tono en el que se me nota preocupado— nos gustamos, tenemos la misma
manera irónica de ver las cosas. Nos reímos mucho y para mí eso es
fundamental. — Eso es ahora, pero las relaciones cambian con el tiempo. Siempre. Van a empezar a
molestarnos boludeces, vamos a empezar con esos planteos que los dos odiamos, porque va a pasar; y van a haber terceros en el medio que nos van a romper
las pelotas. Son cosas inevitables —cuando termina de hablar hace un gesto
como diciendo qué se le va a hacer. —Cuánto te apuesto que no, que con
nosotros eso no va a ser así— la apuro y ni bien digo eso me arrepiento. — Te apuesto… — piensa — ¡un viaje!
Si de acá a nueve meses seguimos como hoy, nos vamos a viajar juntos por
todas partes y si no... — Sé que voy a perder. ¿Vos no lo sabés? — Si— me dice. — Los dos perdemos
y ahí tenés
el final triste para tu relato—. Y como si lo que acaba de decirme careciera
completamente de importancia pregunta— ¿Al té vos no le pones nada no? Ni
azúcar ni edulcorante. — No, me gusta así, solo. |