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La caja de las
pesadillas, de Chuck Palahniuk La noche antes de desaparecer, Cassandra se corta las pesta�as. Con tanta facilidad como si estuviera
haciendo los deberes, Cassandra Clark saca un par
de tijeritas de su bolso, unas tijeritas met�licas para las u�as, se acerca
mucho al espejo de gran tama�o que hay sobre la pileta del cuarto de ba�o y
se mira. Con los ojos medio cerrados y con la boca abierta como cuando se
pone rimel, Cassandra apoya una mano sobre la
encimera del ba�o y usa las tijeritas para cortar. Sus pesta�as largas y
negras caen una tras otra, qued�ndose en la pileta o revoloteando por el
desag�e de la misma, y ella evita mirar el reflejo de su madre, de pie detr�s
de su espalda, en el espejo. Esa noche, la se�ora Clark la oye
salir a hurtadillas de la cama cuando todav�a est� oscuro. Cuando todav�a no
hay tr�fico en las calles, va desnuda hasta la sala de estar con todas las
luces apagadas. Se oye el chirrido de los muelles del interior del viejo son.
Se oye el rascar y el clic de un encendedor. Luego un suspiro. Una bocanada
de humo de cigarrillo. Despu�s de que salga el sol, Cassandra sigue all�, desnuda y sentada en el sof� con
las cortinas abiertas y los coches pasando al otro lado. Con los brazos y las
piernas encogidos por culpa del fr�o. En una mano sostiene el cigarrillo,
consumido hasta el filtro. Con ceniza en el coj�n del sof� a su lado. Est�
despierta y mirando la pantalla vac�a del televisor. Tal vez mir�ndose a s�
misma reflejada en ella, desnuda sobre el cristal negro. Se le ve el pelo
todo lleno de nudos de no pein�rselo. La pintura de labios de hace dos d�as
sigue all�, corrida de un lado a otro de su mejilla. Su sombra de ojos
resigue las arrugas que los rodean. Ahora que no tiene pesta�as, sus ojos
verdes tienen un aspecto apagado y falso porque nunca se la ve parpadear. Su madre le dice: ��Sue�as con ello? La se�ora Clark le pregunta si quiere
torrijas. La se�ora Clark enciende el calefactor de la pared y coge la bata
de Cassandra de la parte de dentro de la puerta del
cuarto de ba�o. Cassandra se abraza a s� misma bajo la fr�a
luz del sol, sentada con las rodillas muy juntas, y la presi�n de sus brazos
le levanta los pechos. Encima de los muslos tiene copos de ceniza gris de
cigarrillo. Copos de ceniza gris enredados en el vello p�bico.
Los tendones de los pies le tiemblan bajo la piel. Los pies juntos y con las
plantas apoyadas sobre el suelo de madera lustrada son la �nica parte de ella
que no est� quieta como una estatua. La se�ora Clark dice: ��Te acuerdas de algo? �Su madre dice�:
Llevabas puesto el vestido negro nuevo... �Dice�: Ese tan corto. La se�ora Clark va a ponerle la bata
sobre los hombros a su hija, cerr�ndosela bien alrededor del cuello. Y le
dice: �Pas� en aquella galer�a. Delante de
la tienda de antig�edades. Cassandra no aparta la vista de su reflejo
oscuro en el televisor apagado. No parpadea, y la bata se escurre hacia
abajo, exponiendo sus pechos otra vez al aire fr�o. Y su madre le pregunta qu� es lo que
ha visto. �No lo s� �dice Cassandra.
Dice�: No te lo s� decir. �D�jame ir a buscar mis apuntes �le
dice la se�ora Clark. Le dice�: Creo que ya lo tengo resuelto. Es al volver del dormitorio, con su
gruesa carpeta marr�n de apuntes en la mano, con la carpeta abierta para
poder hurgar en ella con la otra mano, cuando escruta la sala de estar y ve
que Cassandra se ha ido. En ese momento, la se�ora Clark est�
diciendo: �El funcionamiento de Pero Cassandra
no est� en la cocina ni en el cuarto de ba�o. Cassandra
no est� en el s�tano. Y ya no hay m�s sitios en su casa. No est� en el jard�n
de atr�s ni tampoco en las escaleras. Su bata sigue en el sof�. No faltan ni
su bolso ni sus zapatos ni su abrigo. Su maleta sigue sobre la cama, a medio
hacer. Lo �nico que falta es Cassandra. Al principio, Cassandra
dijo que no era nada. De acuerdo con los apuntes, era la inauguraci�n de una
galer�a de arte. En los apuntes de la se�ora Clark
dice: �Temporizador de Intervalo Aleatorio...�. En los apuntes dice: �El hombre se
suicid� colg�ndose...�. Todo empez� la noche en que todas las
galer�as inauguraban sus exposiciones y el centro de la ciudad estaba lleno
de gente, todo el mundo todav�a vestido con la ropa de la oficina o la
facultad y cogidos de la mano. Parejas tirando a j�venes vestidas con ropa
oscura donde no se quedaba la suciedad del asiento de los
taxis. Llevando las joyas buenas que no podr�an llevar en el metro. Con los
dientes blancos, como si no usaran los dientes para nada m�s que para
sonre�r. Estaban todos mirando c�mo los dem�s
miraban las obras de arte antes de mirar c�mo los dem�s se com�an la cena. El vestido aquel era negro y ten�a
lentejuelas y cuentas negras cosidas. Era como una corteza de material negro
�spero y brillante con sus pechos rosados y carnosos en el interior. La forma en que sus u�as pintadas de
ambas manos se entrelazaban daba la impresi�n de que ten�a las manos
esposadas alrededor del pie de su copa de vino. Su pelo enroscado y recogido
sobre la coronilla era muy tupido y denso. Ten�a varios mechones i y rizos
sueltos y colgando, pero no se atrev�a a levantar la mano para arreglarse el
pelo. Con los hombros desnudos, con el peinado deshaci�ndose, los tacones
altos le oprim�an los m�sculos de las piernas y le empujaban el culo hacia
arriba, trazando una curva prominente en la parte baja de una larga cremallera. Sus labios perfectamente pintados.
Nada de manchas rojas es la copa que no se atrev�a a levantar. Sus ojos se
ve�an enormes bajo sus largas pesta�as. Sus ojos verdes eran la �nica parte
de ella que se mov�a en la sala atestada. De pie y sonriente en el centro de
una galer�a de arte, era la �nica mujer que se quedaba en la memoria. Cassandra Clark, de tan solo quince a�os. Aquello fue menos de una semana antes
de que desapareciera solamente tres noches antes. Sentada ahora en el sitio todav�a
caliente y sobre las cenizas que Cassandra ha
dejado en el sof�, la se�ora Clark repasa la carpeta de apuntes. El propietario de la galer�a estaba
hablando con ellas, con ellas y con la gente que se hab�a congregado
alrededor. �Rand�,
dec�an sus apuntes. El propietario se llamaba Rand. El propietario de la galer�a les
estaba ense�ando una caja apoyada sobre tres patas altas. Un tr�pode. La caja
era negra, del tama�o de una c�mara antigua. De esas c�maras donde el
fot�grafo se pon�a detr�s, encorvado debajo de una lona negra para proteger
la placa de cristal cubierta con productos qu�micos del interior. Una de esas
c�maras de la �poca de la guerra civil que te hac�an una foto en medio de un
flash de p�lvora. Provocando una nube en forma de seta de humo gris que hac�a
da�o en la nariz. La primera vez que entraste en la galer�a, eso es lo que
parec�a, aquella caja con tres patas. La caja estaba pintada de negro. �Barnizada�, dijo el propietario de
la galer�a. Estaba barnizada en negro, encerada y
llena de manchas grises dejadas por los dedos. El propietario de la galer�a estaba
mirando con una sonrisa el torso r�gido y sin tirantes del vestido de Cassandra. Ten�a un bigote fino, tan perfectamente
recortado y depilado que parec�a un par de cejas. Ten�a una barbita de diablo
que hac�a que su barbilla pareciera puntiaguda. Llevaba un traje azul de
banquero y un solo pendiente, demasiado grande y con un brillo demasiado
falso como para ser otra cosa que un diamante aut�ntico. La caja ten�a una serie de complejas
molduras, surcos y regatas en todas sus junturas que la hac�an parecer tan
pesada como la caja fuerte de un banco. No hab�a ninguna juntura que no
estuviera oculta bajo un mont�n de detalles y una gruesa capa de pintura. �Es como un ata�d peque�o �dijo
alguien en la galer�a. Un hombre con coleta que masticaba chicle. A los lados de la caja hab�a sendas
asas met�licas. Hab�a que cogerla por las dos, les dijo el propietario de la
galer�a. Para completar un circuito. Si se quer�a que la caja funcionara
bien, hab�a que coger las dos asas. Hab�a que pegar el ojo a la mirilla
met�lica que hab�a en la parte de delante. El ojo izquierdo. Y mirar dentro. En conjunto, alrededor de un centenar
de personas debieron de asomarse al interior aquella noche, pero no pas�
nada. Esperaron y miraron el interior, pero lo �nico que vieron fue su propio
ojo reflejado en la oscuridad que hab�a detr�s de la peque�a lente de
cristal. Lo �nico que oyeron fue un ruidito. Un reloj que hac�a tictac. Tan
lento como las gotas... drip... drip...
drip... de un grifo que gotea. Aquel peque�o tictac
procedente de la caja pintada de negro y sucia. La capa de suciedad de la caja era
pegajosa. El propietario de la galer�a levant�
un dedo. Golpe� un lado de la caja con los nudillos y dijo: �Es alguna clase de temporizador de
intervalo aleatorio. Pod�a funcionar durante un mes sin
dejar de hacer tictac. O pod�a funcionar durante una hora nada m�s. Pero el
momento en que se parara ser�a el momento de mirar dentro. �Aqu� �dijo el propietario de la
galer�a, dijo Rand, y dio un golpecito en un
peque�o bot�n de metal, tan peque�o como un timbre, que hab�a a un lado de la
caja. Hab�a que agarrar las asas y esperar.
Cuando paraba el tictac, dijo, hab�a que mirar y pulsar el bot�n. En una plaquita met�lica identificativa, una placa atornillada a la parte superior
de la caja, si uno se pon�a de puntillas pod�a leer � Cuando cog�as las asas, lo pod�as
notar en el interior. El tic-tac. El temporizador.
Regular y eterno como los latidos de un coraz�n. En el momento en que se paraba, dijo Rand, el bot�n desencadenaba un flash de luz dentro. Un
solo parpadeo de luz. Rand no sab�a qu� ve�a la gente entonces.
La caja proced�a de la tienda de antig�edades cerrada del otro lado de la
calle. Se hab�a pasado nueve a�os all� y nunca hab�a parado de hacer tic-tac. El due�o de la caja, el anticuario, siempre les
hab�a dicho a los clientes que era posible que estuviera rota. O que fuera
una broma. La caja se pas� nueve a�os haciendo
tictac en una estanter�a, hasta quedar sepultada en polvo. Hasta que un d�a
el nieto del anticuario la encontr� cuando no estaba haciendo tictac. El
nieto ten�a diecinueve a�os y estaba estudiando derecho. Y durante todo el d�a
entraban chicas en la tienda para echar un vistazo a aquel adolescente sin un
solo pelo en el pecho. Un buen chaval con una beca para jugar al f�tbol,
cuenta bancaria y coche propio, que ten�a un trabajo de verano en la tienda
de antig�edades quitando el polvo. Cuando la encontr�, la caja estaba en
silencio: lista y esperando. Agarr� las asas. Puls� el bot�n y mir� el
interior. El anticuario lo encontr�, con una
mancha de polvo todav�a alrededor del ojo izquierdo. Parpadeando. Con la
mirada perdida. Estaba simplemente sentado sobre un mont�n de polvo y de
colillas de cigarrillo que hab�a barrido del suelo. Aquel nieto suyo nunca
volvi� a la universidad. Su coche se qued� aparcado en la acera hasta que se
lo llev� la gr�a municipal. Y todos los d�as, despu�s de aquello, se los pas�
sentado en la acera de delante de la tienda. Ten�a veinte a�os y se pasaba el
d�a sentado en la calle, lloviera o hiciera sol. Le preguntabas cualquier
cosa y �l se re�a. Aquel chaval, que a estas alturas ya tendr�a que ser abogado,
que ya tendr�a que estar ejerciendo, ahora te lo encontrabas alojado en un
hotel de mala muerte. O en una vivienda de protecci�n oficial, cobrando el
subsidio de la seguridad social por depresi�n mental completa. Sin ni
siquiera drogas. Rand, el galerista, dijo: �Un caso de colapso total. Si uno iba a visitar a aquel chaval,
se lo encontraba sentado en la cama todo el d�a, con las cucarachas
entr�ndole y sali�ndole de la ropa, de las perneras de los pantalones y del
cuello de la camisa. Ten�a las u�as de las manos y de los pies tan largas y
amarillas como l�pices. Uno le preguntaba cualquier cosa:
�C�mo le iba? �Estaba comiendo? �Qu� era lo que hab�a visto? Y el chaval se
limitaba a re�rse. Con los bultitos de las cucarachas correte�ndole por
debajo de la camisa. Con una nube de moscas en torno a la cabeza. Otra ma�ana el anticuario lleg� a su
tienda a la hora de abrir y se encontr� con que el desorden polvoriento del
interior hab�a cambiado. Con que daba la impresi�n de que nunca hab�a estado
all�. Y con que la caja hab�a vuelto a dejar de hacer tictac. Hab�a detenido
aquella sosegada cuenta atr�s. Y ahora El anticuario no abri� la tienda en
toda la ma�ana. La gente llegaba y ahuecaba las manos contra el escaparate
para echar un vistazo al interior. Para buscar algo entre las sombras. Para
buscar la raz�n de que la tienda no estuviera abierta. Igual que ellos, el anticuario podr�a
haber echado un vistazo al interior de la caja. Para ver por qu�. Para saber
qu� hab�a pasado. Qu� pod�a despojar de su alma a un chaval de apenas veinte
a�os, a un chaval que ten�a toda la vida por delante. El anticuario se pas� la ma�ana
entera viendo c�mo la caja no hac�a tictac. Y en lugar de mirar dentro, el
anticuario limpi� el retrete de la parte de atr�s de la tienda. Cogi� una
escalera y recogi� las moscas muertas y resecas de todas las l�mparas de los
techos. Sac� brillo a los metales. Dio aceite a las maderas. Sud� hasta que
la camisa blanca almidonada se le llen� de arrugas blandas. Hizo todo lo que
odiaba hacer. La gente del vecindario, sus clientes
de toda la vida, llegaban a la tienda y se encontraban la puerta cerrada. Tal
vez llamaban con la mano. Y luego se marchaban. La caja esperaba para mostrarle por
qu�. Iba a ser un allegado suyo el que
mirara dentro. Durante toda su vida, el anticuario
hab�a trabajado duro. Se dedicaba a encontrar buenas piezas a precios
razonables. Luego las transportaba a la tienda y las pon�a en exposici�n. Les
quitaba el polvo. La mayor parte de su vida se la hab�a pasado en aquella
tienda, yendo a subastas de casas que se vaciaban y volviendo a comprar las
mismas l�mparas y mesas, revendi�ndolas por segunda y por tercera vez.
Comprando a clientes muertos para vender a los vivos. Su tienda se limitaba a
inhalar y exhalar las mismas piezas. Aquella misma marea de sillas, mesas
y mu�ecas de porcelana. De cuentas, vitrinas y peque�os adornitos. Que entraban y sal�an. Durante toda la ma�ana, la mirada del
anticuario no par� de regresar a Hizo su contabilidad. Se pas� el d�a
tecleando en la calculadora de diez teclas, haciendo cuadrar las cuentas.
Calculando totales y comparando largas columnas de n�meros. Viendo c�mo las
mismas piezas, los mismos tocadores y perchas para sombreros, llegaban y
sal�an sobre el papel. Hizo caf�. Hizo m�s caf�. Bebi� caf� hasta vaciar la
lata de caf� molido. Limpi� hasta que en toda la tienda no qued� una sola
superficie de madera bru�ida y cristal limpio que no reflejara su imagen.
Hasta que todo ol�a a lim�n y a aceite de almendra. Al olor de su sudor. Y la caja esperaba. Se puso una camisa limpia. Se pein�. Llam� a su mujer y le dijo que
llevaba a�os escondiendo dinero en met�lico en una caja de hojalata dentro
del maletero de su coche. El anticuario le dijo a su mujer que cuarenta a�os
atr�s, cuando naci� su hija, hab�a tenido una aventura con una chica que
sol�a venir en la hora del almuerzo de su trabajo. Le dijo que lo sent�a. Le
dijo que no le guardara la cena. Le dijo que la quer�a. Y al lado del tel�fono, la caja esperaba,
sin hacer tictac. Al d�a siguiente lo encontr� la
polic�a. Con las cuentas cuadradas. Con la tienda perfectamente ordenada. El
anticuario hab�a cogido un cable alargador de color naranja y lo hab�a atado
a la percha de la pared de su cuarto de ba�o. En el cuarto de ba�o con
azulejos, donde cualquier estropicio ser�a f�cil de limpiar, se hab�a atado
el cable en torno al cuello y luego simplemente se hab�a... relajado. Se
hab�a dejado caer, desplomado contra la pared. Estaba asfixiado, muerto, casi
sentado en el suelo de azulejos. Sobre el mostrador, en la parte de
delante de la tienda, la caja volv�a a hacer tictac. Toda esta historia estaba en la
gruesa carpeta de apuntes de Tess Clark. Fue entonces cuando la caja vino
aqu�, a la galer�a de arte de Rand. Para entonces,
ya era una leyenda, le dijo Rand a la peque�a
multitud. Al otro lado de la calle, la tienda
de antig�edades no era m�s que una enorme sala pintada, vac�a detr�s de su
escaparate. Fue entonces, aquella misma noche,
mientras Rand les estaba ense�ando la caja y Cassandra ten�a los brazos encogidos para mantenerse el
vestido en su sitio, fue en aquel preciso momento cuando alguien del p�blico
dijo: �Se ha parado. El tictac. Se hab�a parado. La multitud esper�, escuchando el
silencio, usando las orejas como antenas para captar cualquier sonido. Y Rand
dijo: �Adelante. ��As�? �dijo Cassandra,
y le dio a la se�ora Clark la copa alta de vino blanco para que se la
aguantara. Llev� una mano al asa met�lica del lado correspondiente. Le dio a Rand su bolso de noche de cuentas, su bolsito sin asas,
que ten�a dentro el pintalabios y el dinero en met�lico de emergencia�. �Lo
estoy haciendo bien? �dijo, y llev� la otra mano al asa del lado opuesto. �Ahora �dijo Rand. La se�ora Clark permaneci� all�, la
madre, un poco impotente con una copa llena de vino en cada mano, mirando.
Con todo listo para derramarse o romperse. Rand puso una mano ahuecada en la nuca de
Cassandra, en la piel desnuda que hab�a por encima
de su espinazo, donde un �nico rizo suave de pelo ca�a revoloteando. En el
extremo superior de la larga cremallera de su culo. Presion� de forma que
ella doblara el cuello, que su barbilla se levantara un poco y sus labios se
movieran hasta abrirse. Sosteniendo su cuello en una mano y su bolso en la
otra, Rand le dijo: �Mira dentro. La caja estaba en silencio. El mismo
silencio en que est� una bomba en el momento antes de activarse. A explotar. Cassandra abri� mucho el ojo izquierdo,
levantando mucho la ceja, con las pesta�as de esa parte temblando,
embadurnadas de rimel negro. Su ojo verde, h�medo y blando, algo intermedio
entre el estado l�quido y el s�lido, qued� pegado al peque�o cristal de la
mirilla, a la oscuridad de dentro. La multitud los rodeaba. A la espera.
Rand le segu�a sosteniendo la nuca. Una u�a pintada se desplaz� hasta el
bot�n y Cassandra, con la cara pegada a la madera
negra de la caja, dijo: �Dime cu�ndo. La forma correcta de mirar al
interior, de ajustar la cara a la superficie de la caja, era girar un poco la
cara a la derecha. Hab�a que encorvarse un poco, como resultado de inclinarse
demasiado hacia delante. Hab�a que agarrarse a las dos asas porque esa
posici�n le hace a uno perder el equilibrio. Ten�as que apoyar tu peso en la
caja, aguant�ndote con las manos y usando la cara para mantener el
equilibrio. Cassandra ten�a la cara pegada a las negras y
complejas esquinas y �ngulos de la vieja caja. Como si le estuviera dando un
beso. Le temblaban los rizos del pelo. Le centelleaban los pendientes
relucientes y colgantes. Puls� el bot�n con el dedo. Y la caja empez� a hacer tictac de
nuevo, d�bilmente y desde lo m�s profundo de la misma. Solamente Cassandra
hab�a visto lo que pasaba. El temporizador aleatorio se activ�
otra vez durante otra semana, o durante otro a�o. O durante otra hora. Ella sigui� con la cara en el mismo
sitio, pegada a la mirilla, y luego dej� caer los hombros. De pie, con los
brazos todav�a colgando, con la espalda encorvada y los hombros ca�dos. Parpadeando muy deprisa, Cassandra dio un paso atr�s y sacudi� un poco la cabeza.
Sin mirar directamente a la cara de nadie, Cassandra
ech� un vistazo al suelo de la sala, a los pies de la gente, con los labios
fuertemente cerrados. La pechera r�gida de su vestido se abomb� hacia
delante, separ�ndose de sus pechos sin sujetador. Extendi� los brazos y se
apart� de la caja. Se quit� un zapato de tac�n alto y
luego el otro, apoy� las plantas de los pies en el suelo de la galer�a y los
m�sculos de sus piernas desaparecieron. Las dos mitades duras como rocas de
su culo se volvieron blandas. Una m�scara de pelo suelto le colgaba
delante de la cara. Si uno era lo bastante alto, le pod�a
ver los pezones. Rand dijo: ��Y bien? �Carraspe�, dej� ir el aire
con un largo sonido de saliva y mocos y dijo�: �Qu� has visto? Y todav�a sin mirar a nadie a la
cara, con las pesta�as todav�a se�alando el suelo, Cassandra
levant� una mano y se quit� primero un pendiente y despu�s el otro. Rand extendi� el brazo para devolverle su
bolsito de cuentas, pero Cassandra no lo cogi�. Lo
que hizo fue darle sus joyas. La se�ora Clark dijo: ��Qu�
ha pasado? Y Cassandra
dijo: ��Podemos irnos a casa ya? Y escucharon c�mo la caja hac�a
tictac. Es un par de d�as despu�s cuando Cassandra
se corta las pesta�as. Abre una maleta en el suelo al pie de la cama y
empieza a meter cosas dentro, zapatos y calcetines y ropa interior, y despu�s
a sacarlas. A hacer la maleta una y otra vez. Despu�s de su desaparici�n, la
maleta sigue all�. Medio llena o medio vac�a. Ahora lo �nico que le queda a la
se�ora Clark son sus apuntes, su gruesa carpeta llena de apuntes acerca de
c�mo debe de funcionarla Caja de Pesadillas. De alguna forma debe de
hipnotizarlo a uno. Debe de implantar una imagen o una idea. Un destello subliminal.
Debe de inyectar alg�n mensaje en una parte tan profunda de tu cerebro que no
se puede recuperar. No se puede resolver. As� es como te infecta la caja.
Haciendo que todo lo que sabes se vuelva incorrecto. In�til. Lo que hay dentro de la caja es alg�n
dato que no se puede olvidar. Una serie de ideas nuevas que no se pueden
desaprender. Y unos d�as despu�s de su visita a la
galer�a de arte, Cassandra desaparece. Al tercer d�a, la se�ora Clark va al
centro de la ciudad. De vuelta a la galer�a. Con su gruesa carpeta marr�n de
apuntes debajo del brazo. La puerta de entrada est� abierta y
las luces apagadas. Bajo la luz gris que entra por los escaparates, puede ver
a Rand, sentado en el suelo en medio de una
alfombra de pelos cortados. Su barbita de diablo ha desaparecido. Su grueso
pendiente de diamante tambi�n. La se�ora Clark le dice: �Has mirado, �verdad? El propietario de la galer�a se
limita a seguir all� sentado, despatarrado, con las piernas extendidas sobre
el fr�o cemento, mir�ndose las manos. La se�ora Clark se sienta con las
piernas cruzadas en el suelo a su lado y dice: �Mira mis apuntes. �Dice�: Dime que
tengo raz�n. El funcionamiento preciso de �De esa forma �dice la se�ora Clark�,
todo lo que ves lo tienes que percibir con la mitad derecha del cerebro. Lo que sea que ves dentro, lo tienes
que contemplar con tu parte intuitiva, emocional e instintiva. Adem�s, solamente lo puede ver una
persona cada vez. Lo que sufres lo sufres a solas. Lo que pasa dentro de Adem�s, la lente de ojo de pez, dice,
deforma lo que ves. Lo distorsiona. Adem�s, dice, el nombre que hay
grabado en la placa met�lica �� La se�ora Clark se queda all� sentada
esperando a que el otro le d� la raz�n. Se queda sentada esperando a que Rand parpadee. La caja est� colocada delante de ellos
sobre sus tres patas, haciendo tictac. La �nica parte de Rand
que se mueve es su pecho, para respirar. Sobre su mesa de trabajo, cerca del fondo
de la galer�a, siguen estando las joyas de Cassandra.
Y su bolsito de cuentas. �No �dice Rand.
Sonr�e y dice�: No es as�. El tictac sigue su cuenta atr�s,
sonando fuerte en medio del fr�o y el silencio. Lo �nico que se puede hacer es llamar
a los hospitales y preguntar si tienen a una chica de ojos verdes y sin
pesta�as. Solamente se puede llamar un n�mero de veces, dice la se�ora Clark,
antes de que empiecen a dejar de o�rte. A ponerte en espera. A hacerte
desistir. Levanta la vista de su gruesa pila de
papeles, de sus apuntes, y dice: �Cu�ntame. La tienda de antig�edades segu�a
vac�a al otro lado de la calle. �No es eso lo que ha pasado �dice Rand. Sin dejar de mirarse las manos, dice�: Pero esta es
la sensaci�n que produce. Un fin de semana le toc� ir a un
picnic de una empresa para la que trabajaba antes. Un trabajo que odiaba. Y a
modo de broma, en lugar de comida llev� una cesta de mimbre llena de palomas
adiestradas. Para todos los dem�s, aquello no era m�s que otra cesta de
picnic, m�s ensalada de pasta y vino. Rand se pas�
toda la ma�ana guardando la cesta debajo de un mantel, manteni�ndola al
fresco y a la sombra. Manteniendo calladas a las palomas de dentro. Les dio a escondidas migas de pan de
barra. Les meti� trozos de polenta de ma�z a trav�s de los agujeros de la
cesta. Durante toda la ma�ana, la gente con
la que trabajaba estuvieron dando sorbos de vino o
de agua con gas y hablando metas corporativas. De declaraciones de
intenciones. De construir equipos. En el momento en que parec�a que todos
hab�an desperdiciado una bonita ma�ana de s�bado, en ese momento en que las
conversaciones sobre temas triviales llegaron a su fin, Rand
dice que fue entonces cuando abri� la cesta. La gente, aquella gente que trabajaba
junta todos los d�as, que cre�an conocerse entre s�, cuando aquel caos
blanco, aquella tormenta explot� verticalmente desde el centro del picnic,
algunos gritaron. Algunos cayeron de espaldas sobre la hierba. Se taparon la
cara con las manos abiertas. Cay� comida y se derram� vino. Se manch� ropa de
calidad. Fue un momento m�s tarde cuando la
gente vio que aquello no les pod�a hacer da�o. Cuando la gente vio que
aquello era seguro. Era la cosa m�s maravillosa que hab�an visto nunca. Se
cayeron hacia atr�s, demasiado asombrados incluso para sonre�r. Durante las
horas incontables que dur� aquel largo momento, se olvidaron de todo lo que
era importante y miraron la nube de alas Mancas que se retorc�a en el cielo
azul. Vieron c�mo ascend�a en espiral. Y
c�mo la espiral se abr�a. Y los p�jaros, adiestrados por muchos viajes, se
marcharon lejos do all�, sigui�ndose los unos a los otros, en direcci�n a
alguna parte que siempre sab�an que era su verdadero hogar. �Eso �dice Rand�
es lo que hay dentro de Es algo que va m�s all� de la vida
despu�s de la muerte. Lo que hay dentro de la caja es la prueba de que lo que
llamamos la vida no lo es. De que nuestro mundo es un sue�o. Infinitamente
falso. Una pesadilla. Una sola mirada, dice Rand, y tu vida -tus vanidades y tus luchas y tus
preocupaciones- pierde todo su sentido. El nieto infestado de cucarachas, el
anticuario, Cassandra sin pesta�as y deambulando
desnuda. Todos tus problemas y tus historias
de amor. No son m�s que una ilusi�n. �Lo que ves dentro de la caja �dice Rand� es un vislumbre de la
realidad real. Las dos personas que siguen all�
sentadas, juntas sobre el suelo de cemento de la galer�a, la luz del sol que
entra por las ventanas y los ruidos de la calle, todo resulta
distinto. Es como si nunca hubieran estado all�. Y es justo entonces cuando
se detiene el tictac de la caja. Y la se�ora Clark tiene demasiado
miedo para mirar. |