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Los destructores, de
Graham Greene I Fue en la v�spera del feriado
bancario de agosto que el �ltimo recluta se convirti� en l�der de El nuevo recluta hab�a estado en la
pandilla desde el principio de las vacaciones de verano, y hab�a en su
silencio meditativo posibilidades que todos reconoc�an. Jam�s desperdiciaba
una palabra ni siquiera para decir su nombre hasta que las reglas se lo
exig�an. Cuando dijo "Trevor", fue la
declaraci�n de un hecho, no, como hubiera sido con los otros, una declaraci�n
de verg�enza o desaf�o. Ni tampoco ri� nadie, excepto Mike,
quien, cuando se dio cuenta de que se encontraba sin apoyo y cuando vio la
mirada oscura del reci�n llegado, abri� la boca y volvi� a callarse. Hab�a
todas las razones por las que T., como se lo nombr� a partir de ese momento,
deb�a haber sido objeto de burla; estaba su nombre (y lo reemplazaron por la
inicial porque de otra manera no habr�an tenido excusa para no re�rse de �l),
el hecho de que su padre, ex arquitecto y actual empleado administrativo,
hab�a "descendido en su posici�n social" y que su madre se
consideraba mejor que los vecinos. �Qu� sino una extra�a cualidad de peligro,
de lo impredecible, lo estableci� en la pandilla sin tener que pasar por
ninguna innoble ceremonia de iniciaci�n? La pandilla se reun�a todas las
ma�anas en una improvisada playa de estacionamiento, el sitio donde hab�a
ca�do la �ltima bomba del primer bombardeo. El l�der, a quien conoc�an como Blackie, sosten�a haber o�do cuando cay�, y nadie ten�a
las fechas lo suficientemente precisas como para se�alar que en ese momento
�l deb�a haber tenido un a�o de edad y deb�a haber estado profundamente
dormido en el and�n de -Esa casa la construy� Wren, dice mi padre. -�Qui�n es Wren? -El hombre que construy� la catedral
de St. Paul. -�A qui�n le importa? -dijo Blackie-. Es del Viejo Miseria. El Viejo Miseria -cuyo verdadero
nombre era Thomas-hab�a sido una vez un constructor y decorador. Viv�a solo
en la casa lisiada, ocup�ndose de sus cosas: una vez por semana se lo pod�a
ver regresando por el terreno p�blico con pan y verduras, y en una ocasi�n,
cuando los chicos jugaban en la playa de estacionamiento, asom� la cabeza por
encima de la quebrada pared de su jard�n y los mir�. -Estaba en el lavatorio
-dijo uno de los chicos, porque era de p�blico conocimiento que desde que
cayeron las bombas algo andaba mal con las ca�er�as de la casa y el Viejo
Miseria era demasiado avaro como para invertir dinero en la propiedad. Pod�a
ocuparse de redecorar �l mismo a precio de costo, pero jam�s hab�a aprendido
plomer�a. El lavatorio era un cobertizo de madera en el fondo del angosto
jard�n con un agujero en forma de estrella en la puerta: hab�a esquivado el
estallido que aplast� la casa de al lado y que hizo volar los marcos de las
ventanas de la n�mero 3. La siguiente ocasi�n en que la
pandilla not� al Sr. Thomas fue m�s sorprendente. Blackie,
Mike y un chico delgado y amarillo, a quien por
alguna raz�n se lo llamaba por el apellido, Summers,
se encontraron con �l en el terreno com�n, cuando volv�a del mercado. El Sr.
Thomas los detuvo. Dijo de manera hosca: -�Ustedes son de ese grupo que juega
en la playa de estacionamiento? Mike estaba a punto de contestar cuando Blackie se lo impidi�. Como l�der, ten�a responsabilidades.
-�Y si lo fu�ramos? -dijo con ambig�edad. -Tengo algunos chocolates -dijo el
Sr. Thomas-. A m� no me gustan. Aqu� tienen. No alcanzan para repartir a
todos, supongo. Nunca alcanza -agreg� con sombr�a convicci�n. Les dio tres
paquetes de Smarties. La pandilla qued� desconcertada y
perturbada por ese acto y trat� de encontrar alguna explicaci�n que
disminuyera su importancia. -Seguro que se le cayeron a alguien y
�l los recogi� -sugiri� uno. -Los rob� y despu�s le agarr� un miedo
terrible -pens� otro en voz alta. -Es un soborno -dijo Summers-. Quiere que dejemos de lanzar la pelota contra
la pared de su casa. -Le mostraremos que no aceptamos
sobornos -dijo Blackie, y sacrificaron toda la
ma�ana al juego de lanzar la pelota, que s�lo Mike
ten�a la edad lo suficientemente corta como para disfrutar. No hubo se�ales
del Sr. Thomas. Al d�a siguiente T. los asombr� a
todos. Hab�a llegado tarde a la reuni�n, y la votaci�n para las actividades
de ese d�a tuvo lugar sin �l. De acuerdo con la sugerencia de Blackie la pandilla se dispersar�a en pares, se subir�a a
los �mnibus al azar para ver cu�ntos viajes gratis podr�an obtener de
guardias descuidados (la operaci�n se llevar�a a cabo de a pares para evitar
que alguien hiciera trampa). Estaban sorteando los compa�eros cuando lleg� T. -�D�nde estabas, T.? -pregunt� Blackie-. Ahora no puedes votar. Ya conoces las reglas. -Estaba all� -dijo T. Mir� el suelo,
como si tuviera ideas que ocultar. -�D�nde? -En lo del Viejo Miseria. La boca de Mike
se abri� y despu�s se cerr� apresuradamente con un chasquido. Se hab�a
acordado del sapo. -�En lo del Viejo Miseria? -dijo Blackie. No hab�a nada en las reglas que lo impidiera,
pero ten�a la sensaci�n de que T. estaba pisando terreno peligroso. Pregunt�,
con esperanza: -�Entraste? -No. Toqu� el timbre. -�Y qu� dijiste? -Dije que quer�a ver la casa. -��l qu� hizo? -Me la mostr�. -�Robaste algo? -No. -�Para qu� lo hiciste entonces? La pandilla se hab�a reunido
alrededor: era como si estuviera a punto de formarse una corte improvisada
para tratar un caso de desv�o. T. dijo: "Es una casa hermosa", y
sin dejar de vigilar el suelo, sin mirar a nadie a los ojos, se lami� los
labios, primero para un lado, despu�s para el otro. -�Qu� quieres decir con que es una casa
hermosa? -pregunt� Blackie con sorna. -Tiene una escalera de doscientos
a�os de antig�edad, como un sacacorchos. No est� sostenida por nada. -�Qu� quieres decir con que no est�
sostenida por nada? �Flota? -Tiene que ver con fuerzas opuestas,
dijo el Viejo Miseria. -�Qu� m�s? -Hay paneles. -�Como en el Blue Boar?
-De doscientos a�os. -�El Viejo Miseria tiene doscientos
a�os? Mike se ri� de pronto y luego se qued�
callado otra vez. El �nimo de la reuni�n era serio. Por primera vez, desde que
T. hab�a entrado en la playa de estacionamiento el primer d�a de las
vacaciones, su posici�n estaba en peligro. S�lo se necesitaba que se
mencionara una �nica vez su nombre y la pandilla se le echar�a encima. -�Para qu� lo hiciste? -pregunt� Blackie. �l era justo, no sent�a celos, estaba ansioso
por conservar a T. en la pandilla si pod�a. Era la palabra
"hermosa" lo que le preocupaba; pertenec�a al mundo de una clase
que todav�a pod�a verse parodiada en el Wormsley Common Empire por un hombre que
llevaba un sombrero alto y un mon�culo, y hablaba con un acento vacilante.
Estuvo tentado de decir: "Mi querido Trevor,
viejo amigo" y soltarles la rienda a sus sabuesos infernales. -Si hubieras entrado por la fuerza
-dijo con tristeza...-eso s� hubiera sido una actividad digna de la pandilla.
-Esto era mejor -dijo T.-. Averig��
cosas. Continu� mir�ndose fijamente los
pies, sin mirar a nadie a los ojos, como si estuviera absorto en un sue�o que
no estaba dispuesto a -o que le daba verg�enza- compartir. -�Qu� cosas? -El Viejo Miseria va a estar fuera
todo el d�a de ma�ana y el feriado bancario. Blackie
dijo con alivio: -�Quieres decir que podr�amos entrar
por la fuerza? -�Y robar cosas? -pregunt� alguien. Blackie dijo: -Nadie va a robar cosas. Entrar por
la fuerza... con eso alcanza, �verdad? No queremos ninguna cuesti�n legal. -Yo no quiero robar nada -dijo T. -.
Tengo una idea mejor. -�Cu�l es? T. levant� los ojos, tan grises y
perturbados como ese descolorido d�a de agosto. -La derribaremos -dijo-. La destruiremos. Blackie lanz� un solitario grito de risa y
entonces, como Mike, se qued� callado, intimidado
por esa mirada seria e implacable. -�Y qu� va a hacer la polic�a todo
ese tiempo? -dijo. -No se enterar�an. Lo har�amos desde
adentro. Encontr� una forma de entrar. Con una especie de intensidad, dijo: -Ser�amos como gusanos, ven, en una
manzana. Cuando volvamos a salir no quedar� nada, ni escaleras, ni paneles,
nada excepto las paredes, y entonces har�amos que las paredes se derrumben,
de alguna manera. -Ir�amos a la c�rcel -dijo Blackie. -�Qui�n va a probarlo? Y de todas
maneras no robar�amos nada. Con un liger�simo parpadeo de gozo,
agreg�: -No habr�a nada para robar cuando
hubi�ramos terminado. -Nunca o� que alguien fuera a prisi�n
por romper cosas -dijo Summers. -No habr�a tiempo -dijo Blackie-. Yo he visto trabajar a los que derriban casas. -Nosotros somos doce -dijo T.-. Nos
organizar�amos. -Ninguno de nosotros sabe c�mo... -Yo s� s� -dijo T. y dirigi� la
mirada a Blackie-. �T� tienes un plan mejor? -Hoy -dijo Mike
sin tacto-, vamos a colarnos en los �mnibus y viajar gratis... -Viajar gratis -dijo T-. Cosas de
ni�os. Puedes apartarte, Blackie, si es lo que
prefieres... -La pandilla tiene que votar.
-Entonces som�telo a votaci�n. Blackie dijo,
inc�modo: -Se propone que ma�ana y el lunes
destruyamos la casa del Viejo Miseria. -Yo, yo -dijo un chico gordo llamado Joe. -�Qui�n est� a favor? T dijo: -Est� aprobado. -�C�mo empezamos? -pregunt� Summers. -�l va a explicarlo -dijo Blackie. Era el fin de su liderazgo. Se alej� hacia la
parte posterior de la playa de estacionamiento y comenz� a patear una piedra,
haci�ndola volverse hacia un lado y hacia otro. En la playa s�lo hab�a un
viejo Morris, ya que quedaban pocos veh�culos all�,
salvo camiones: sin un guardia, no hab�a seguridad. Lanz� una patada al auto
e hizo saltar un poco de pintura del guardabarros trasero. M�s all�, sin
prestarle m�s atenci�n que la que se dar�a a un desconocido, la pandilla
hab�a rodeado a T.; Blackie era oscuramente
consciente del cambio de favor. Pens� en volver a su casa, en no regresar
jam�s, en dejar que todos descubrieran la falsedad del liderazgo de T., pero
supongamos que, despu�s de todo, lo que T. propon�a fuera posible; nunca se
hab�a hecho nada as� antes. Sin duda la fama de la pandilla de la playa de
estacionamiento de Wormsley Common
llegar�a hasta Londres. Habr�a titulares en los diarios. Incluso las
pandillas de adultos que manejaban las apuestas de las pulseadas y los
vendedores ambulantes de frutas se enterar�an con respeto de la forma en que
hab�an destruido la casa del Viejo Miseria. Impulsado por la pura, simple y
altruista ambici�n de fama para la pandilla, Blackie
regres� al lugar donde estaba T., de pie a la sombra de la pared de la casa
del Viejo Miseria. T. estaba dando �rdenes con decisi�n:
era como si ese plan hubiera estado en su cabeza durante toda su vida,
analizado a trav�s de las estaciones, ahora en su decimoquinto a�o
cristalizado con los dolores de la pubertad. -T� -le dijo a Mike-
trae algunos clavos grandes, los m�s grandes que puedas encontrar, y un
martillo. Todos los que puedan mejor que traigan un martillo y un
destornillador. Necesitaremos muchos. Formones tambi�n. Eso nunca est� de
m�s. �Alguien puede traer un serrucho? -Yo puedo -dijo Mike. -No un serrucho de juguete -dijo T-
uno de verdad. Blackie se dio cuenta de que hab�a levantado
la mano como cualquier miembro com�n de la pandilla. -Correcto, tr�elo t�, Blackie. Pero ahora tenemos una dificultad. Precisamos
una sierra. -�Qu� es una sierra? -pregunt�
alguien. -Podemos comprar una en Woolworth's -dijo Summers. El chico gordo llamado Joe dijo con melancol�a: -Yo sab�a que esto terminar�a con una
colecta. -Yo mismo conseguir� una -dijo T-. No
quiero tu dinero. Pero no puedo comprar una maza. Blackie dijo: -Est�n trabajando en la n�mero 15. S�
d�nde van a dejar las herramientas durante el feriado bancario. -Entonces eso es todo -dijo T-. Nos
encontraremos aqu� a las nueve en punto. -Yo tengo que ir a la iglesia -dijo Mike. -As�mate por encima de la pared y
silba. Te dejaremos entrar. II El domingo a la ma�ana todos llegaron
puntualmente excepto Blackie, incluso Mike. Mike hab�a tenido un
golpe de suerte. Su madre hab�a ca�do enferma, su padre estaba cansado despu�s
de la noche del s�bado, y le hab�an dicho que fuera a la iglesia solo, con
toda clase de advertencias sobre lo que le suceder�a si se desviaba. Blackie hab�a tenido dificultades para sacar el serrucho,
y despu�s para encontrar una maza en los fondos de la n�mero 15. Se acerc� a
la casa desde una calleja que daba a la parte posterior del jard�n, por miedo
a la recorrida del polic�a en la calle principal. La cansada vegetaci�n
perenne manten�a a raya un sol de tormenta; en el Atl�ntico se estaba formando
otro feriado mojado, que empezaba con remolinos de polvo debajo de los
�rboles. Blackie trep� por la pared hacia el jard�n
de Miseria. No hab�a se�ales de nadie por ning�n
lado. El lavatorio se destacaba como una tumba en un cementerio abandonado.
Las cortinas estaban cerradas. La casa dorm�a. Blackie
se acerc� con el serrucho y la maza. Tal vez despu�s de todo no se hab�a
presentado nadie: el plan hab�a sido una invenci�n descabellada: se hab�an
despertado m�s sabios. Pero cuando se aproxim� a la puerta cerrada pudo o�r
una confusi�n de sonidos apenas m�s fuertes que un enjambre en una colmena:
un cl�keti clack, un bangbang, una raspadura, un crujido, un repentino y
doloroso estr�pito de rotura. Pens�: es cierto, y silb�. Le abrieron la puerta trasera y
entr�. De inmediato tuvo la impresi�n de organizaci�n, muy diferente de la
atm�sfera de libertad que exist�a bajo su liderazgo. Durante un rato
vagabunde� subiendo y bajando las escaleras buscando a T. Nadie le dirigi� la
palabra: tuvo la sensaci�n de una gran urgencia, y ya pod�a comenzar a
entender el plan. Estaban demoliendo cuidadosamente el interior de la casa
sin tocar las paredes. Summers, con un martillo y
un form�n, estaba arrancando los z�calos del piso del comedor: ya hab�a
destruido los paneles de la puerta. En el mismo cuarto Joe
estaba levantando los bloques del parquet, dejando al descubierto las tablas
de madera blanda del piso que estaban encima del s�tano. De los z�calos
da�ados se desprend�an rollos de cables y Mike
estaba sentado alegremente en el suelo, cortando los cables. En lo alto de la escalera curva hab�a
dos miembros de la pandilla dedic�ndose con esfuerzo al
pasamanos con un inadecuado serrucho de juguete; cuando vieron el gran
serrucho de Blackie se lo pidieron con una se�al y sin
decir palabra. Cuando los volvi� a ver ya hab�an arrojado en el vest�bulo un
cuarto del pasamanos. Finalmente encontr� a T. en el
cuarto de ba�o; estaba sentado con expresi�n de malhumor en el lugar de la
casa al que menos importancia se le daba, escuchando los sonidos que ven�an
de abajo. -Lo hiciste de verdad -dijo Blackie con reverencia-. �Qu� va a pasar? -Reci�n empezamos -dijo T. Mir� la
maza y le dio instrucciones-. T� qu�date aqu� y rompe la ba�adera y la
pileta. No te preocupes por las ca�er�as. Nos encargaremos de ellas m�s
tarde. Mike apareci� por la puerta. -Ya he terminado con los cables, T
-dijo. -Bien. Ahora s�lo tienes que dar
vueltas por ah�. La cocina est� en el s�tano. Destroza toda la porcelana y
las copas y las botellas que puedas encontrar. No abras las canillas, no nos
conviene que haya una inundaci�n, a�n no. Despu�s entra en todas las
habitaciones y da vuelta los cajones. Si est�n cerrados con llave haz que uno
de los otros los abra a golpes. Rompe todos los papeles que encuentres y
destroza todos los adornos. Mejor que tomes un cuchillo de cortar carne de la
cocina. El dormitorio est� ah� enfrente. Abre las almohadas y corta las
s�banas. Eso es suficiente por el momento. Y t�, Blackie,
cuando hayas terminado aqu� quiebra el yeso del pasaje de arriba con la maza. -�T� qu� vas a hacer? -pregunt� Blackie. -Estoy buscando algo especial -dijo T Se hizo casi la hora del almuerzo
antes de que Blackie hubiera terminado y fuera a
buscar a T El caos hab�a avanzado. La cocina era un revoltijo de vidrios y
porcelanas rotas. En el comedor hab�an quitado todo el parquet, los z�calos
estaban levantados, hab�an quitado la puerta del marco, y los destructores
hab�an subido un piso. Entraban franjas de luz a trav�s de los postigos
cerrados donde trabajaban con la seriedad de creadores; y la destrucci�n,
despu�s de todo, es un acto de creaci�n. Cierto tipo de imaginaci�n hab�a
visto esta casa de la forma en que se hab�a convertido ahora. Mike dijo: -Tengo que ir a casa a comer. -�Qui�n m�s? -pregunt� T, pero todos
los dem�s, con una u otra excusa, hab�an tra�do provisiones. Se acomodaron de cuclillas en las
ruinas de la habitaci�n y se intercambiaron los sandwiches
que no quer�an. Media hora para almorzar y luego se pusieron a trabajar otra
vez. Cuando Mike regres� ya estaban en el �ltimo
piso, y a las seis de la tarde el da�o superficial estaba completo. Todas las
puertas estaban arrancadas, todos los z�calos levantados, los muebles
saqueados y arrancados y aplastados; nadie podr�a haber dormido en esa casa
salvo en una cama de yeso roto. T. dio �rdenes -a las ocho en punto a la
ma�ana siguiente- y para no ser vistos salieron de a uno trepando por la
pared del jard�n, hacia la playa de estacionamiento. S�lo quedaron Blackie y T.: ya casi no hab�a luz, y cuando tocaron un
interruptor, no funcion� nada; Mike hab�a hecho su
trabajo a conciencia. -�Encontraste algo especial?
-pregunt� Blackie. T. asinti�. -Ven aqu� -dijo- y mira. De ambos bolsillos sac� montones de
billetes de una libra. -Los ahorros del Viejo Miseria -dijo. Mike cort� el colch�n, pero no los vio. -�Qu� vas a hacer con ellos?
�Compartirlos? -No somos ladrones -dijo T. -. Nadie
va a robar nada de esta casa. �stos los guard� para ti y para m�; una
celebraci�n. Se puso de rodillas en el piso y los
cont�: en total hab�a setenta. -Vamos a quemarlos -dijo- uno por
uno. Y, turn�ndose, levantaban un billete
hacia arriba y encend�an la punta, de manera que la llamarada bajara
lentamente hacia sus dedos. La ceniza gris flotaba por encima de ellos y ca�a
sobre sus cabezas como los a�os. -Me gustar�a ver la cara del Viejo
Miseria cuando terminemos -dijo T. -�Lo odias mucho? -pregunt� Blackie. -Por supuesto que no lo odio -dijo
T-. No ser�a divertido si lo odiara. El �ltimo billete en llamas ilumin�
su cara meditativa. -Todo eso del odio y el amor -dijo-
es blando, es una tonter�a. Lo �nico que existe son las cosas, Blackie -y mir� a su alrededor la sala abarrotada con las
sombras no familiares de cosas partidas por la mitad, cosas rotas, ex cosas. -Te juego una carrera a casa, Blackie -dijo. III A la ma�ana siguiente comenz� la
destrucci�n en serio. Faltaban dos: Mike y otro
chico cuyos padres hab�an ido a Southend y Brighton a pesar de las gotas lentas y calientes que
hab�an comenzado a caer y del rugido del trueno en el estuario como los
primeros ca�ones del bombardeo. -Tenemos que apurarnos -dijo T. Summers estaba impaciente. -�No hicimos suficiente? -pregunt�-.
Me dieron dinero para las m�quinas tragamonedas. Esto es como trabajar. -Apenas empezamos -dijo T-. Vamos,
todav�a quedan los pisos, y las escaleras. No hemos quitado una sola de las
ventanas. T� votaste como los dem�s. Vamos a destruir esta casa. No va a
quedar nada cuando terminemos. Volvieron a empezar en la planta baja
levantando las tablas superiores del piso que estaban junto a la pared
exterior, dejando expuestas las vigas. Despu�s serrucharon las vigas y
retrocedieron hacia el vest�bulo, a medida que lo que quedaba del piso se
inclinaba y se hund�a. Hab�an aprendido con la pr�ctica, y el otro piso se
derrumb� m�s f�cilmente. Cuando estaba anocheciendo los inund� una extra�a
euforia en el momento en que miraron hacia abajo y vieron el gran hueco de la
casa. Corrieron riesgos y cometieron errores: cuando pensaron en las ventanas
ya era demasiado tarde para alcanzarlas. Joe dej�
caer un penique en el pozo seco y lleno de escombros. La moneda rebot� y gir�
entre los pedazos de vidrio roto. -�Por qu� empezamos esto? -pregunt� Summers con asombro; T. ya estaba en el suelo, cavando
entre los escombros, abriendo un claro a lo largo de la pared exterior. -Abran las canillas -dijo-. Est�
demasiado oscuro ahora como para que alguien lo vea, y por la ma�ana ya no
tendr� importancia. El agua los pas� de largo por la
escalera y cay� en las habitaciones sin pisos. Fue en ese momento que oyeron
que Mike silbaba en el fondo. -Algo anda mal -dijo Blackie. Pod�an o�r su respiraci�n urgente cuando abr�an
el cerrojo de la puerta. -�La polic�a? -pregunt� Summers. -El Viejo Miseria -dijo Mike-. Viene para ac� -dijo con orgullo. -�Pero c�mo? -dijo T.-. �l me hab�a
dicho... -protest� con la furia del ni�o que jam�s hab�a sido-. No es justo. -Hab�a ido a Southend
-dijo Mike- y estaba en el tren de regreso. Dijo
que hac�a demasiado fr�o y humedad. Hizo una pausa y ech� una mirada al
agua. -Caramba, ustedes tuvieron una
tormenta aqu�. �Gotea el techo? -�Cu�nto va a tardar en llegar? -Cinco minutos. Me escap� de mi mam�
y vine corriendo. -Mejor que nos vayamos -dijo Summers-. De todas formas, ya hemos hecho suficiente. -Oh, no, no
es as�. Cualquiera podr�a hacer esto... "Esto" era la casa
destrozada y ahuecada en la que no quedaba nada excepto las paredes. Sin
embargo las paredes podr�an conservarse. Las fachadas eran valiosas. Podr�an
construir dentro de ellas otra vez, algo m�s hermoso que antes. Esto podr�a
volver a ser un hogar. Dijo, enojado: -Tenemos que terminar. No se muevan.
D�jenme pensar. -No hay tiempo -dijo uno de los
chicos. -Tiene que haber una forma -dijo T-.
No podr�amos haber llegado tan lejos... -Hemos hecho mucho -dijo Blackie. -No, no. No es as�. Que alguien
vigile la parte de adelante. -No podemos hacer m�s. -Puede entrar por el fondo. -Vigilen el fondo tambi�n -T comenz�
a rogar-: s�lo denme un minuto y yo lo arreglo. Juro que lo arreglar�. Pero su autoridad hab�a desaparecido
con su ambig�edad. No era m�s que uno de la pandilla. -Por favor -dijo. -Por favor -Summers
lo imit�, y entonces de pronto lo golpe� de lleno con el nombre fatal-: Vete
corriendo a tu casa, Trevor. T se qued� con la espalda apoyada
contra los escombros como un boxeador a quien hab�an noqueado y dejado semi desmayado contra las sogas. No le quedaban palabras
y sus sue�os se sacud�an y se deslizaban. Entonces Blackie
intervino antes de que la pandilla tuviera tiempo de echarse a re�r, y empuj�
a Summers hacia atr�s. -Yo vigilar� el frente, T. -dijo, y
con cautela abri� los postigos del vest�bulo. El terreno p�blico, mojado y
gris, se extend�a hacia adelante, y las luces brillaban en los charcos. -Alguien viene, T. No, no es �l.
�Cu�l es tu plan, T.? -Dile a Mike
que vaya al lavatorio y se esconda pegado al costado. Cuando oiga que yo
silbo tiene que contar hasta diez y empezar a gritar. -�Gritar qu�? -Oh,
"Socorro", algo as�. -Ya o�ste, Mike
-dijo Blackie. Era el l�der otra vez. Ech� un
r�pido vistazo por entre los postigos-. Ya viene, T. -R�pido, Mike.
El lavatorio. Qu�date aqu�, Blackie, todos ustedes,
hasta que yo grite. -�Qu� vas a hacer, T.? -No te preocupes. Yo me encargo de
esto. Dije que lo har�a, �no? El Viejo Miseria ven�a cojeando por
el terreno com�n. Ten�a barro en los zapatos y se detuvo para quit�rselo
rasp�ndolos contra el borde del pavimento. No quer�a ensuciar su casa, que se
ve�a torcida y oscura entre los sitios en los que hab�an ca�do las bombas,
salvada por tan poco, cre�a �l, de la destrucci�n. El estallido de la bomba
ni siquiera hab�a roto las l�mparas del ventilador. En alg�n lugar silb�
alguien. El Viejo Miseria mir� r�pidamente a su alrededor. No confiaba en los
silbidos. Un ni�o estaba gritando: el sonido parec�a venir de su propio
jard�n. Entonces un chico apareci� corriendo en la calle, desde la playa de
estacionamiento. -Se�or Thomas -exclam�-. Se�or
Thomas. -�Qu� pasa? -Lo lamento profundamente, se�or
Thomas. Uno de nosotros tuvo un apuro, y pensamos que a usted no le
molestar�a, y ahora no puede salir. -�A qu� te refieres, muchacho? -Se qued� encerrado en su lavatorio. -�l no ten�a nada que hacer en... �A
ti no te hab�a visto antes? -Usted me mostr� su casa. -Es cierto. Es cierto. Eso no te da
derecho a... -Apres�rese, se�or Thomas. Va a
asfixiarse. -Tonter�as. No puede asfixiarse.
Espera a que deje mi bolso adentro. -Yo le llevo el bolso. -Oh no, de
ninguna manera. Yo llevo mis propias cosas. -Por aqu�, se�or Thomas. -No puedo entrar en el jard�n por
ac�. Tengo que entrar por la casa. -Pero s� se puede entrar en el jard�n
por este camino, se�or Thomas. Nosotros lo hacemos a menudo. -�Ustedes lo hacen a menudo? Sigui� al muchacho con una
fascinaci�n escandalizada. -�Cu�ndo? �Con qu� derecho...? -�Ve...? La pared es baja. -No voy a trepar una pared para
entrar en mi propio jard�n. Es absurdo. -As� es como lo hacemos nosotros. Un
pie aqu�, un pie ac�, y al otro lado. La cara del muchacho se asom�, un
brazo se dispar�, y el se�or Thomas se dio cuenta de que le hab�an quitado el
bolso y lo hab�an depositado al otro lado de la pared. -Devu�lvanme mi bolso -dijo el Sr.
Thomas. Desde el retrete un chico no dejaba de gritar-. Voy a llamar a la
polic�a. -Su bolso est� bien, se�or Thomas.
Mire. Un pie all�. A la derecha. Ahora apenas m�s arriba. A la izquierda. El Sr. Thomas trep� por la pared de
su propio jard�n. -Aqu� tiene el bolso, se�or Thomas. � IV Mike se hab�a ido a dormir, pero el resto
se qued�. La cuesti�n del liderazgo ya no preocupaba a la pandilla. Con clavos,
formones, destornilladores, cualquier cosa que fuera filosa y penetrante,
recorr�an las paredes interiores, preocup�ndose por el cemento que un�a los
ladrillos. Comenzaron en un punto demasiado elevado, y fue Blackie quien dio con el recorrido de la ca�er�a y se dio
cuenta de que podr�an reducir el trabajo a la mitad si debilitaban las
uniones que estaban inmediatamente arriba. Era una tarea larga, cansadora y aburrida, pero finalmente la terminaron. La
casa destripada se manten�a en equilibrio sobre unos pocos cent�metros de
cemento entre el paso de los ca�os y los ladrillos. Quedaba por hacer la tarea m�s
peligrosa de todas, afuera, a la vista, en el l�mite del sitio de la bomba.
Mandaron a Summers a que vigilara la calle, por si
pasaba alguien, y el se�or Thomas, sentado en el retrete, ahora o�a con
claridad el sonido de un serrucho. Ya no ven�a de la casa, y eso lo
tranquiliz� un poco. Se sinti� menos preocupado. Tal vez tampoco los otros
ruidos tuvieran importancia. Una voz le habl� a trav�s del orificio. -Se�or Thomas. -D�jame salir -dijo Thomas con
firmeza. -Aqu� tiene una manta -dijo la voz, y
una salchicha larga y gris pas� por el agujero y cay� como pa�ales sobre la
cabeza de Thomas. -No es nada personal -dijo la voz-.
Queremos que est� c�modo esta noche. -Esta noche -repiti� Thomas con
incredulidad. -Agarre esto -dijo la voz-.
Panecillos; les pusimos manteca, y salchichas. No queremos que pase hambre,
se�or Thomas. Thomas rog� desesperadamente. -Una broma es una broma, muchacho.
D�jame salir y no dir� nada. Sufro de reuma. Tengo que dormir c�modo. -No estar�a c�modo, en su casa no, no
lo estar�a. Ahora no. -�A qu� te refieres, muchacho? -pero
las pisadas retrocedieron. S�lo quedaba el silencio de la noche: ning�n
sonido de serrucho. Thomas intent� volver a gritar, pero estaba intimidado y
reprendido por el silencio: a lo lejos un buho
grazn� y volvi� a alejarse en un vuelo asordinado a
trav�s del mundo sin sonidos. A las siete de la ma�ana siguiente el
chofer vino a buscar su cami�n. Se subi� al asiento y trat� de encender el
motor. Le pareci� o�r vagamente una voz que gritaba, pero no era asunto de
�l. Por fin el motor respondi� y �l hizo retroceder el cami�n hasta que toc�
el gran puntal de madera que sosten�a la casa del Sr. Thomas. De esa manera
pod�a salir hacia la calle directamente sin poner marcha atr�s. El cami�n se
movi� hacia adelante, se detuvo un momento como si lo estuvieran tironeando
desde atr�s, y despu�s sigui� avanzando con el sonido de un largo y
estrepitoso derrumbe. El chofer qued� asombrado cuando vio que unos ladrillos
sal�an volando delante de �l, mientras que unas piedras golpeaban el techo de
la cabina del cami�n. Apret� los frenos. Cuando sali� del veh�culo todo el
paisaje se hab�a alterado de pronto. Ya no hab�a ninguna casa al lado de la
playa de estacionamiento, s�lo una monta�a de escombros. Dio una vuelta y
examin� la parte posterior del cami�n para ver si se hab�a da�ado, y encontr�
una soga atada all� que en el otro extremo todav�a estaba retorcida alrededor
de un soporte de madera. Otra vez le pareci� al chofer que
alguien estaba gritando. El sonido ven�a de la edificaci�n de madera que era
lo m�s parecido a una casa en esa desolaci�n de ladrillos rotos. El chofer
trep� por la pared destrozada y abri� la puerta. El se�or Thomas sali� del
retrete. Llevaba encima una manta gris con pedacitos de yeso adheridos. Lanz�
un grito sollozante. -Mi casa -dijo-. �D�nde est� mi casa? -A m� que me revisen -dijo el chofer.
Sus ojos iluminaron los restos de una ba�adera y lo que alguna vez hab�a sido
una c�moda y comenz� a re�rse. Ya no quedaba nada en ning�n lado. -C�mo se atreve a re�r -dijo el se�or
Thomas-. Era mi casa. Mi casa. -Lo siento -dijo el chofer, haciendo
esfuerzos heroicos, pero cuando record� el repentino tir�n de su cami�n, el
ruido de los ladrillos que ca�an, volvi� a sufrir convulsiones. En un momento
la casa estaba all�, con tanta dignidad entre los sitios de las bombas, como
un hombre de sombrero alto, y entonces, bang, crash, ya no quedaba nada; nada de nada. -Lo siento -dijo-, no puedo evitarlo,
se�or Thomas. No es nada personal, pero tiene que admitir que es gracioso. |