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Bahía Desesperación, por Roberto Fontanarrosa La que
me dijo que el viento le había volado el perro al mar fue la señora de
lentes, la de sombrerito tipo Piluso. -El
viento lo levantó y lo tiró al mar -dijo, sin mayores signos de aflicción.
Era inexpresiva. Tenía unos ojos chiquitos celestes, medio húmedos. Pero no
era porque estuviera llorando, supongo: era por el viento. Y se ponía los
dedos de la mano derecha sobre los labios y entonces sí parecía consternada. -¿Era un
perro grande? -yo no lo podía creer. -No. Así
-dijo-, blanco... ¡De bueno!... Luli le decíamos...
Lo remontó como un barrilete. El nene,
prendido a sus polleras tal vez para protegerse de la arena, apoyaba la
cabeza sobre sus muslos y se balanceaba. Señaló un par de veces, vagamente,
hacia el mar. -¿Y no
lo encontraron más? Ella negó
con la cabeza. -No sé
cómo vamos a hacer -dijo en voz baja- para contarle a la más grande. -Bueno...
-dije yo, como para despedirme. -Le
decimos que lo pisó un auto -levantó la cabeza el chico hacia su madre. La señora desestimó la propuesta con un gesto. -Está en
Buenos Aires... -siguió- la más grande. No sé... Empezaron
a irse. Le
decimos que lo pisó un auto -insistió el chico. Dame la
mano, vos -ordenó la madre-. A ver si te lleva el viento también. Se
alejaron por la playa. -Le
decimos que lo pisó un auto -escuché que el chico decía, ya a lo lejos. -Qué
joda... -atiné a decir. Mi hijo Juan, las manos en los bolsillos de la
campera puesta sobre la malla, se me acercó. Se había mantenido lejos,
mirando unas aguavivas. -¿Qué
pasó? -El
viento les remontó el perro y se lo tiró al mar. -Joya
-dijo mi hijo. Se oía el rugido del mar y el aleteo furioso de una bandera
que se mantenía perfectamente extendida por el viento, como si fuera de lata. -Y hoy
no es nada -agregó Juan. -¿Cómo
que hoy no es nada? -No. Me
dijo el viejo del parador que hoy no es nada. Que otros días hay mucho más.
Ese viejo que parece extranjero. -Es
extranjero. Caminamos
unos cien metros, encorvados. -¿Llueve?
-pregunté. Me había caído en la pelada una gota grande como un limón. A Vane
se le ocurrió lo de Bahía Desesperación. -Yo no
me voy a meter en esas playas llenas de gente -me había anunciado ya en
octubre-. Que todos te pisotean, con miles de pendejos que van en 4x4 a caretear. La hoguera de las vanidades... -Tom Wolfe -apunté. Me gustaba recordarle que yo también
leía-. La hoguera de las vanidades. -Que hay
que andar produciéndose para salir a comer... Dejame
de joder... Y -Como
quieras -le dije-, total sabés que yo no me meto al
mar. -Porque sos un cagón. -Sí. No
me gusta el agua fría. Yo voy a leer. Me da lo mismo que llueva o no llueva.
O que haya un viento de cagarse. Nos
habían dicho que era una playa ventosa. -Por lo
menos es un contacto directo con la naturaleza -dijo Vane-. No como esos
lugares repletos de turistas, que llenan todo de plástico, de basura,
contaminan todo... El año
anterior se había empecinado en que fuéramos a Esa es
buena. Yo debería anotar esas cosas. Algún día voy a escribir un libro. Algo
serio, pero con humor. Tía Lilia siempre me decía que yo debía escribir. -Al que
no sé cómo le caerá ir a un lugar así, sin Internet, sin juegos en red, sin
cines, es a Juan -puse a consideración democrática-. ¿Vos qué decís? Juan se
encogió de hombros. Era su gesto favorito. No era un movimiento congénito
sino adquirido, pero lo repetía cada vez que se le preguntaba algo. Tenía
entonces catorce años y parecía darle todo lo mismo. El
segundo día tuvimos una lucha a muerte con una sombrilla. Al punto que Vane
misma llegó a reírse. Para colmo en la playa no había a quien pedirle ayuda
porque los seres humanos más próximos estaban por lo menos a mil metros, contra
el viento, y se los veía como una tribu de beduinos entre las ráfagas oscuras
de arena que se levantaban del suelo. -Al
menos ellos hicieron su carpa -dijo Juan, envidioso, interrumpiendo su escasa
colaboración en el desplegado de la sombrilla. Fue
cuando la sombrilla se nos escapó de las manos, arrancada por la fuerza del
ciclón. Rebotó cuatro o cinco veces antes de, en dos segundos, alejarse casi
media cuadra. -¡Córrela,
pelotudo! -gritó -Córrela
vos... -me atreví a decir-. Mirá si me voy a poner
a correrla... Terminamos
llevando las reposeras y los bolsos hasta la plataforma de cemento del
parador del viejo. Nos sentamos allí, como refugiados kurdos, algo ateridos,
cuidando de que no se volaran las ojotas, más reparados del viento. -Veinte
pesos nos costó esa sombrilla. -Para
qué la querés, Vane, si no hay sol. No había
sol. El cielo era de una película blanco y negro,
una continuación del mar, un telón plomizo intenso. -Pero ya
va a salir -se ilusionó Vane. Entre
las ráfagas se oía el repicar metálico de la arandela de un cable, pegando
constantemente contra el mástil sin bandera que se elevaba sobre el parador. -Este
mismo sonido debía escuchar el Capitán Acab en la
cubierta del Pecquod -dije. -¿Quién?
-frunció la cara exageradamente Juan, como siempre lo hacía cuando algo le
resultaba extraño. -No
pongas esa cara -le dije-. Parecés un idiota. -Me querés hacer quedar a mí como un idiota, como si yo
hubiera dicho una burrada, y el que parece un idiota sos
vos. -¿Llueve?
-Vane miró hacia arriba, alarmada. -No.
Deben ser gotas que llegan del mar. -Pero...
estamos como a dos cuadras del mar... -ella se quedó mirando el oleaje
furioso-. Esto es lo que me gusta de estas playas. Lo anchas que son. Lo
salvajes. Lo auténtico. Son... ásperas... -¿Te vas
a meter? -Por ahí
más tarde. Noté que
no estaba tan segura de hacerlo. El viejo
del parador, cuando quería decir Hitler, decía Hitla.
Yo le saqué un poco el tema porque estaba convencido de que era un
sobreviviente del Graf Spee. -Un
barco que hundieron los ingleses -le expliqué a Juan cuando él puso esa forzada
e intencional cara de idiota de la que ya hablamos. -¿Aquél?
-señaló hacia los restos de un barco semihundido a unos mil metros de donde
estábamos. -No.
Frente a las costas de Punta del Este -le aclaré. El viejo
debía tener como 80 años y era de un color amarillo rosáceo desparejo, con
manchas en la cara llena de arrugas. Tenía un
gesto de abrir los labios con el filo de los dientes de arriba apoyado sobre
el de los de abajo, como quien se los enseña a un dentista. Nos contó que al
parador anterior lo había destruido un tsunami, una de esas olas gigantes.
"Un maremoto", le aclaré a Juan, que había puesto la cara. -¿Hay
muchos maremotos acá? -le pregunté al viejo. Negó con
la cabeza. -Habrá
dos por año -tenía todavía un fuerte acento alemán, pero él decía que era
austríaco. -A este
parador -señaló a su alrededor- lo hice yo de nuevo, más hundido detrás del médano, más protegido, todo de cemento, estilo Speer. Conocí a Albert, gran arquitecto. Y el
parador, o lo poco que se veía de él, asomado sobre las dunas, parecía
realmente una obra del arquitecto de Hitler, o Hitla
como pronunciaba el viejo, esos búnkers que yo había visto en las películas sobre la
invasión a Normandía. Uno de
esos días, no sé si el miércoles o jueves, volvimos a lo del viejo. Digo que
no sé si era miércoles o jueves porque todos los días eran iguales, grises y
ventosos. Recordábamos el lunes, por ejemplo, porque nos agarró en la playa
una lluvia helada y tuvimos que volver al hotel. O el jueves, creo que fue el
jueves, porque Juan se cortó un dedo del pie con el filo de una conchilla.
Había toda una zona de la playa cubierta de conchillas y era como caminar
sobre vidrio molido, como los fakires. El viejo alemán, "Mengüele" le había puesto yo, le dio yodo a -Antes,
cuando venía más gente -contó el viejo-, había cantidad de estos accidentes.
Y a veces el pie sangra mucho. -Y el
problema es que la sangre atrae los tiburones -bromeé yo. El viejo volvió a
mostrar los dientes. Tardó un poco en responder. -No son
tiburones. Son oreas. Lo miré. -Esas
aletas que se ven son oreas -insistió. Nosotros no habíamos visto ninguna. -¿Atacan
al hombre? -Sólo si
usted se mete al mar. -¿Si
usted está en la playa no lo atacan? -seguí la broma. El viejo negó. -¿Y en
el hotel? -volvió a negar, serio. Ni se le pasaba por la cabeza que alguien
pudiera hablar en joda. -Con el
tiempo -siguió- estos restos de caracoles se van pulverizando y se convierten
en arena fina. En unos 500 años esa zona donde se cortó su hijo será arena
fina. -No sé
si podremos volver para esa época -dije. El viejo no se inmutó. Ante él se
podía decir cualquier barbaridad, que se la tomaba en serio. Era como hacer
piruetas en bolas frente a un ciego. -¿Hoy te
vas a meter al agua? -le pregunté por enésima vez a Todo el
tiempo hasta que nos volvíamos al hotel. Leyendo. Del otro lado del asta de
la sombrilla, a sólo cinco centímetros, casi codo a codo, se sentaba -Pero si
casi no hay gente en el hotel -le remarqué: ya me había convertido en un
crítico desde las sombras, en un objetor de conciencia, casi feliz de
corroborar que esa playa era una mierda y que ni -Cómo
que no. Están los de Catamarca. Había,
sí, un patético matrimonio de Catamarca que había venido a conocer el mar.
Estaban un tanto azorados, porque no sabían si todos los mares eran así, tan
rústicos, tan destemplados, y tenían esa sensación de quien conoce por fin a
un tío sabio sobre el cual le habían hablado mucho, con admiración, y se
encuentra con un tipo bastante bestia que se tira pedos. -Si ni
hablan los de Catamarca, pobres santos. -Lo
mismo -frunció la boca Hacía
media hora que pretendía encender un cigarrillo y no había forma de lograr
que el encendedor no se le apagara por el viento. -¿Hoy no
te vas a meter? -herí, nuevamente. -Hoy no
hay bañero y el mar está bravo. Soy loca pero no boluda. Uno de
los pocos tipos que cruzamos un día en la playa, un lugareño que buscaba
almejas con una palita infantil, nos había dicho que el último bañero se
había ahogado hacía más de ocho años. -Se
ahogó o algo así -había dicho el tipo- porque no apare-
ció más. Ni siquiera era bañero. Se lo ordenaron como un trabajo comunitario
para cumplir una pena. Creo que por violación. Decían
que buceando se había enganchado en los restos de un barco hundido y no salió
más. -Joya
-dijo Juan. El
penúltimo día, cuando llegamos a la playa, -¿Vos
venís, Juan? -le preguntó a Juan. -Ni en
pedo. Está helada. -¿Cómo sabés? -La
toqué con el pie. -Enseguida
te acostumbrás. -Ni en
pedo -repitió Juan. -¿Vos no
te vas a meter, no? -me preguntó entonces a mí -Sabés que no. Me gusta el agua cálida. -Que
parezca un caldo. -Si está
caliente, mejor. -Porque sos un maricón. -Totalmente. -Y lo
convertís en un maricón a tu hijo, que te toma de ejemplo. -Que él
haga lo que quiera. Ya es grande. -El agua
fría es tonificante -dijo -Metete vos si te gusta. Se quedó
callada. Nos golpeó una racha de lluvia que duró apenas unos minutos pero
creo que la desalentó. El último
día, paradójicamente, me alegré un poco. En el
desayuno vi restos de tostadas y dulces en una mesa
vecina del barcito del hotel. Parecían
haber desayunado tres o cuatro personas. -Acá hay
vestigios de vida inteligente, Juan -le comenté a mi hijo-. En una de ésas al volver encontramos a otros
seres humanos, o al menos seres vivientes, especies
similares a nosotros. -Oímos
voces -se anotó Juan, extrañamente animoso, alentado, quizás, por el cercano
regreso a la civilización, a Rosario. -Seguro
que hubieras preferido ir a Mar del Plata, vos -di- jo No
contesté. La mano venía pesada. -Lleno
de discotecas, vendedores ambulantes, promotoras -siguió -Joya
-murmuró Juan. -Vamos
-cortó Ese día -Hace
bien caminar -dijo. -Andá vos. Hay mucho viento. El otro día que te acompañé,
al volver teníamos viento en contra y caminamos como media hora en el mismo
lugar. Miré a
Juan para ver si le había gustado el chiste pero estaba autista, sentado en
la reposerita de Le
señalé a -Por
ahí, cuando entre en calor -dijo -Que yo
te vea -advertí. -¿Por
qué? Vení conmigo entonces. -Por
seguridad te digo. No estoy controlando. -¿Pensás que no me voy a animar? -No. Si
yo sé que te gusta el agua helada, pero mirá cómo
está el mar. Las olas
rompían sobre la playa casi amontonadas, salvajes, encimadas unas sobre
otras, promiscuas, con estallidos que parecían salvas de artillería. Media
hora después Esperamos,
recuerdo, una hora, dos horas, tres. Después,
con Juan, hicimos la denuncia en Fue duro
el regreso a Rosario, solos y en silencio. Y el año
pasado nos fuimos con Juan a Florianópolis. Debo confesar que tampoco allí me
bañé en el mar. Pero un día me metí en el agua hasta las rodillas y estaba
cálida. Juan sí, se metió bastante con unos chicos de Mendoza que encontró y
unas pibas brasileñas de lo más quilomberas. Yo,
más que nada, me la pasé en el parador de Dirceu, tomando caipirinha y comiendo camarao palito.
No voy a decir que la pasé de puta madre pero la pasé bien. Por ejemplo me
leí entero El código Da Vinci, que
no había leído. Y me aburrió un poco, más que nada la parte final. Pero es
interesante. |